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©KsonTewte

El día 23 de abril pasado, se inauguraba oficialmente el pabellón chileno en la versión N° 59 de la Bienal de Arte de Venecia. Una actividad que se realiza cada dos años y que es bastante desconocida para la mayoría de los chilenos.

Es increíble que siendo Chile un país en el que los artistas nacen cada día, crecen, se desarrollan y defienden un espacio para vivir en medio de tanta adversidad, no tenga en la retina eventos como éstos que deberían estar en la información mediática de manera continua.

La Bienal de Venecia es una fundación cultural con sede en la ciudad de Venecia, Italia y subvencionada por el gobierno italiano que desde 1895 cada dos años organiza la Exposición Internacional de Arte de Venecia, conocida como Bienal de Arte de Venecia, considerada en su género, la más importante de Italia y una de las más relevantes del mundo. Además, organiza otras exposiciones centradas en la música, el cine, el teatro, la arquitectura y la danza.​

Hach Saye es una Fundación familiar compuesta por miembros de la comunidad indígena Selk’nam Covadonga Ona, y socios de la Corporación Selk’nam Chile, que nace por la gran necesidad de trabajar para el fortalecimiento cultural en el territorio, en karokynká. Como fundación, abarcamos todas las áreas posibles que enriquezcan la cultura Selk’nam desde la perspectiva de lo cotidiano y sin financiamiento estatal, sólo la auto gestión y aportes de donantes que empatizan y se identifican con nuestro trabajo, hacen posible que se materialicen diversos proyectos y actividades culturales, educativas y artísticas, que benefician a la Comunidad Covadonga Ona, así como a la sociedad civil que nos rodea.

Entre estas áreas de fortalecimiento se encuentra el arte que es casi el espíritu mismo de nuestra cultura, y fue así como el 2018, fui invitada a participar de una actividad de Ensayos, organización que existe desde el 2012 y que trabaja en cooperación con WCS Chile para incentivar la conciencia y el cuidado de la biodiversidad en Tierra del Fuego, desde el arte.

Como escritora indígena Selk’nam, tuve la oportunidad de llegar a aportar no solo con mi trabajo literario, también con los conocimientos de la cultura que me son revelados tanto de estudiar como de dejar fluir mi propia naturaleza impregnada de enseñanzas y de recuerdos familiares, que se alojan en mi memoria genética y que frente al más sutil estímulo afloran. Entre ellos esa fascinación amorosa con las turberas que me desborda desde lo más profundo de mis sentidos.

Durante la pandemia se dio a conocer el primer trabajo en donde las turberas y la cultura Selk’nam de Tierra del Fuego son el epicentro de la atención.  Cucú y sus pececillos fue una obra de teatro virtual, que se realizó bajo la dirección de la curadora Camila Marambio. Una obra realizada por mujeres desde diferentes países que despertó la necesidad de seguir indagando y compartiendo sobre la importancia de las turberas.

En el 2021, la Fundación Hach Saye comienza a ser parte con todo su equipo en las conversaciones y trabajo en vías de descubrir de qué forma se podría visualizar, concientizar y proteger a las turberas, desde la esencia misma del Pueblo Selk’nam pero de la mano con la ciencia, el arte y otras disciplinas que en complicidad realizan acciones para dar a conocer y salvaguardar la biodiversidad de Tierra del Fuego.

Este variado grupo humano, primero reconoce la necesidad de conocer y tratar de entender el sentir y el espíritu de la sabiduría ancestral Selk’nam, para luego, encontrar de forma colectiva la mejor manera de llevar todo este sentir y latir de la Tierra escuchada desde el corazón de la turba misma, hacia una representación que devele eso, que es tan sutil…y que sólo a través del arte se puede transmitir…la esencia. La arquitectura, la tecnología audiovisual, el sonido, la ciencia, todas estas disciplinas unidas a los saberes ancestrales y los sentidos actuales hicieron posible que el resultado sea no solo un proyecto artístico, sino una nueva forma de vivir el arte como es   Turba Tol Hol-Hol.

Rumbo a Venecia

Cuando supimos que el proyecto del cual participábamos, estaba postulando para la Bienal de Venecia, fueron muchas las reacciones que sentimos como equipo,  emoción y alegría de vivir esta posibilidad, pero también nos invadió la responsabilidad de ser de alguna manera los hilos conductores de este proyecto aportando el verdadero valor desde nuestra visión ancestral y por qué no decirlo, desde la visión que también tenemos hoy sobre la conexión del ser humano con la naturaleza, con la biodiversidad y en especial con las turberas.

Al trabajo que desde hace tiempo veníamos realizando le sumamos más empeño y comenzaron a dibujarse en el horizonte planificaciones para una puesta en escena de algo que aún no teníamos claro, pero que ciertamente debía tener características muy especiales. Sabíamos lo que no íbamos a hacer, sin embargo, desconocíamos lo que iba a nacer.

Lo primero era lograr que todo el equipo Turba Tol conozca, sienta y viva a la turba, para ello nos congregamos en el Parque Karukinka, fueron días de aprendizajes, de vivencias inolvidables en donde pude, de alguna manera vivir con holgada libertad mi naturaleza indígena, esa que se lleva siempre en el corazón pero que no siempre puedes dejar fluir.

Dejé salir a esa niña que se mantiene en mi interior muy viva, y de alguna manera junto a mis amadas paisanas de la fundación Fernanda y Cecilia, fuimos un puente para que el resto del equipo se sienta parte de ese fluir. Pusimos esa sensibilidad que da la nostalgia de vivencias familiares que no pudiste vivir…las recreamos, las disfrutamos junto a un tremendo equipo, pudimos empezar a co-construir ideas desde sentires comunes.

La ciencia puso lo suyo, Bárbara Saavedra nos encantaba con sus charlas desde esa sapiencia que nos llenaba de conceptos, pero de forma didáctica y fácil…todo el grupo se embelesaba escuchándola.

Por otro lado, las fotografías las cámaras y el sonidista hacían lo suyo registrando cada movimiento, canción o conversación a la que se diera luz blanca, pues el respeto, fue una de las banderas de este trabajo, nadie era grabado si no se sentía bien para serlo.

Para entender la turba, hay que sentirla, caminamos sobre ella descalzos, saltamos y creímos hundirnos, sentimos su frescor y bebimos de sus aguas, también me recosté en ella…sentí como se amoldó a mi figura y sentí el descanso en mi cuerpo.

Era todo parte del ejercicio de conocerla, porque, no puedes hablar de alguien si no le conoces, y era lo que estábamos haciendo, conocernos y conocerla.

Entrando al pabellón

Recorrer tantos kilómetros por el aire, hacer escala y llegar a un lugar deslumbrante como es Venecia, ha sido una experiencia que sin duda quedará en la bitácora de vida, que todas y todos los que participamos de esta inauguración en el pasado mes de abril.

Todos los comentarios y las fotos fueron sólo una pequeña aproximación a la grandeza del pabellón. La nave era una remota aproximación de lo que es una turbera, pero su presencia, se imponía de tal forma que remecía los sentidos. Todo el esfuerzo de cada uno y una que trabajo para montar la obra que en si es una obra viva, fue incalculable, todos sabíamos que estábamos trabajando con vida y que más que una obra de nosotros, estábamos hablando por la naturaleza misma, queríamos que todos escuchen la voz de las turberas, que las entiendan y que se sumen a este sentir de necesitar que todos las defendamos, porque de ellas depende gran parte de la vida en el planeta.

Para los visitantes, entrar al pabellón de chile se convirtió en una aventura, razón que llamaba mucha la atención.

Sólo para poder entrar, debían hacer una fila, ya que la exposición misma tenía un ciclo que duraba aproximadamente 15 minutos.

©Hema’nyMolina

Lo primero que encuentra el público en una pequeña antesala es una serie de explicaciones en la que se detienen y comienzan a comprender la naturaleza de la obra, luego de abre una cortina y comienzan un viaje que jamás esperaron.

Al entrar, se encuentran de frente a una nave que, en medio de una luz tenue, devela una diversidad de colores y olores que comienzan a invadir los sentidos.

©Hema’nyMolina

Ya en el interior, se invita a las personas a sentarse y comienzan a escuchar el “hablar” de la turba, la naturaleza canta y con ella las imágenes llevan a los presentes al interior de la turbera, bajan y ven cómo es por dentro la turbera, casi pueden sentir que tocan al sphagnum, escuchan el fluir del agua y su respiración.

Al subir nuevamente a la superficie, se encuentran con el cantar de una mujer selk’nam y con un grupo de personas cantando al unísono mientras bailan y juegan. Las imágenes se confunden entre realidad y sueño mientras el viaje los hace evocar esta conexión entre ser humano y naturaleza. ¿el mensaje? Todos somos uno y nos necesitamos, si la naturaleza enferma, el ser humano enferma…si cuidamos la naturaleza, nos cuidamos a nosotros mismos.

©KsonTewte

Es la enseñanza de los hoowen, de nuestros ancestros, la Turba…uno de ellos que nos protege desde las heladas tierras australes, que guarda en ella una memoria invaluable para nosotros los selk’nam y que protege anónimamente a todos los pueblos del mundo.

Lo cotidiano

Cualquier obra de arte, tiene su instalación, una limpieza quizás diaria, una mantención y después un desmonte.

En el caso de Turba tol Hol-Hol es muy diferente, nosotros tenemos el concepto de arte vivo, ya que de alguna manera llevamos una turbera recreada viva para que la gente la conozca, la sienta y la valore, pero esto conlleva a una gran responsabilidad. A diario el sphagnum de la turbera necesita cuidados, y para ello hay personas comprometidas que se ocupan de regarla, mantener la temperatura del espacio acorde a su crecimiento y vida, hay que revisarla, fotografiarla y hacer mediciones específicas.

La responsabilidad va más allá de la mantención, conlleva a responsabilizarse de lo que pasará después con este maravilloso sphagnum que fue donado por Greisfwald Mire Centre (Alemania) para esta muestra. Una vez terminada la bienal, este sphagnum será derivado a la organización local (Venecia) We Are Here Venice, para que se sume a los esfuerzos de sanar y reinsertar las turbas y humedales de Venecia, que han sido degradadas a través de los siglos de su existencia, de esta forma seguimos, como equipo Turba Tol, cumpliendo con el compromiso de no dañar nada de lo que se toma prestado para dar a conocer la realidad de las turberas en el mundo, y en este caso desde Tierra del Fuego, lugar donde existen maravillosas turberas que aún se encuentran vivas, y algunas protegidas, pero aún queda mucho por hacer.

Como fundación Hach Saye, que formamos parte del equipo Turba Tol, seguiremos con el más férreo compromiso para dar a conocer la verdadera importancia de las Turberas, y seguiremos en este trabajo colaborativo para que el conocimiento sea un derecho de toda la humanidad.

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